Para que no se pierda

 Ahora que los rojos sacan a relucir el tema de la Guerra Civil, quiero escribir en esta entrada lo que tantas veces me contó mi padre, para que no se pierda. Mi padre murió hace ya 24 años, aunque yo sigo recordando el relato de la guerra que tantas veces me hiciera. Una guerra vivida en primera persona, siendo niño, en aquel Madrid asediado por las tropas de Franco durante tres años.

Mi padre y su familia vivían en el madrileño barrio de San Antonio de La Florida, hoy, la calle en concreto donde vivían se llama Avenida de Valladolid, en aquella época Carretera de El Pardo. Mi padre nació en 1928, y fue bautizado en el Museo de Goya, en la parroquia original del siglo XVIII que pintara el maestro. De los últimos en ser bautizados allí porque al año siguiente, 1929 se terminó una copia de la ermita por el deterioro que estaban sufriendo los frescos goyescos y es la que desde entonces se ha venido utilizando como parroquia.

Mi padre era el pequeño de los hermanos de una familia católica, que iba a misa todos los domingos y que enviaba a sus hijos a colegios de curas. Ser católico en aquella España en la que acababa de proclamarse una república de izquierdas y anticlerical cada vez resultaba más difícil. Se sucedían las quemas de conventos, sin que el gobierno hiciera nada por impedirlo. De hecho, Azaña repuso en cierta ocasión: "Ni todos los conventos de España valen la vida de un republicano", con lo cual dejó clarísima la postura de su ejecutivo y lo que los católicos podían esperar de él: nada. 

El gabinete republicano acabaría prohibiendo la enseñanza religiosa, expulsando a los jesuitas de España e incluso al mismísimo cardenal primado del país.

En tal ambiente enrarecido, con una izquierda que ganó las elecciones de 1936 dando un pucherazo, que asesinó al líder de la oposición monárquica, Calvo Sotelo y que cuando los militares pidieron que se capturara y juzgara a los culpables de aquel crimen el Gobierno miró para otro lado, en ese ambiente, mi familia tenía todas las papeletas para que les pusieran la etiqueta de "fachas".

¿Su crimen? Ir a misa y llevar a sus hijos a colegios de curas, los rojos no necesitaban más. Por eso, cuando estalló el conflicto mi padre, mis tíos y mis abuelos tuvieron que salir por piernas de su casa, como si fueran criminales. Les fue de un pelo, cuando caminaban por la calle vieron mi padre y mi tío como los milicianos iban montados en sus bicicletas.

Escaparon de San Antonio de la Florida para ir a refugiarse a un piso en la Calle de Alcalá en el número 183, portal que sigue existiendo, no muy lejos de la Plaza de Manuel Becerra. Refugiaron con ellos a un cura de los que les daban clase en el colegio y dijeron que era un tío suyo. Me decía siempre mi padre que si los rojos lo hubieran averiguado la familia entera hubiera terminado en el paredón.

La existencia en ese piso fue de pura y dura supervivencia, siempre con el miedo a ser descubiertos y fusilados. Mi padre decía que se comía las lentejas con bichos. Mi abuela las cocía y cuando mi padre y sus hermanos se las comían hacían "crunch" al masticarlas. Hacían humor negro y decían:

 -"¿Hoy que hay?" decía uno

-"Lentejas con carne" contestaba otro

No había café, así que tomaban achicoria, se comían las mondas de las patatas y las de los plátanos del hambre que pasaban. Dormían vestidos porque la alarma aérea podía sonar en cualquier momento. Cuando venían los bombarderos corrían al metro donde se refugiaban hasta que pasaba el ataque.

Nunca sabían si les daría tiempo a llegar al refugio, ni tampoco si volverían o si cuando volvieran el edificio seguiría en pie o si no y si tendrían que dormir en la calle hasta encontrar otro lugar.

Siempre recuerdas las cosas que te impresionan, así que mi padre, un niño de ocho años en aquella época recordaba a un ruso que sentado en las escaleras del portal se comía la carne cruda. 

Así fue transcurriendo el tiempo hasta que mi tío y mi padre estaban un buen día jugando en la calle cuando de repente un proyectil de artillería cayó cerca de donde estaban ellos. Los nacionales bombardeaban Madrid desde el Cerro de Garabitas y un obús fue a caer precisamente allí. Impactó en la columna del tranvía en la Calle Lombía. Esa columna absorbió la explosión que estaba destinada a matarles, ellos en cuanto pudieron salieron corriendo de allí para volver a su casa.

Al llegar al portal se encontraron con mi abuela que estaba llorando pensando que acababa de perder a dos hijos. Sin duda a mi abuela se le debieron hacer interminables aquellos minutos.

Las malas noticias suelen sucederse en una guerra y en el otoño de aquel 1936, el hermano de mi abuelo, Ramón, fue llevado a Paracuellos del Jarama y fusilado allí por los rojos. Mi padre pudo saberlo y yo contarlo a día de hoy porque hubo un testigo, el hijo del tío Ramón, que escapó del paredón. Salió corriendo, se liaron a tiros con él, tuvo suerte de que no le dieran y la suerte de subirse a un árbol.

Suerte porque los rojos no contaban con reflectores que pudieran orientar hacia arriba. Le buscaron con los focos de los coches pero naturalmente no le encontraron. El primo de mi padre vio desde el árbol como mataban a su padre. Allí se quedó agazapado hasta que se marcharon los camiones con los milicianos. Bajó del árbol y se puso a andar, pero el cansancio le rindió y se quedó dormido en una cuneta.

El chico se despertó cuando pasaban dos chicas que dijeron: "Mira, un besugo", creyendo que estaba muerto. Al oír las voces, el primo de mi padre despertó, las chicas empezaron a gritar y salieron corriendo. El primo de mi padre, que creo que se llamaba Ramón, como su padre, aunque no estoy seguro, siguió andando y no paró hasta llegar a la zona nacional. Allí se enroló en el ejército de Franco y pasó los siguientes tres años combatiendo. 

En 1939 entró en Madrid y quiso el azar que detuvieran a uno de los que fusilaron a su padre, de hecho le fusilaron los obreros de la propia fabrica que tenía el tío Ramón. En el juicio, siempre según el relato de mi padre el acusado pidió un vaso de agua, y cuando se lo trajeron, cosa extraña pidió que se la trajeran en un bote. Cuando le traen el bote, intenta cortarse las venas con él. El primo Ramón le tiró con un tintero a la cabeza y se la abrió, supongo que quería ayudarle a conseguir su objetivo. Me imagino que fusilarían a aquel hombre, aunque eso no me lo llego a contar mi señor padre.

Presumo que mi abuelo, Pedro, no sabría de la muerte de su hermano hasta el final de la guerra, cuando se reencontrara con su sobrino. 

Durante la guerra, mi abuelo siguió con su profesión de maquinista de tren y naturalmente tuvo que conducir trenes militares. Dice mi padre que recuerda haberle visto un revólver que llevaba con él siempre que viajaba. Otro de esos recuerdos que se le quedaron grabados.

Tres años de hambre, miseria, miedo, y con la muerte planeando sobre la familia ya que a otro hermano de mi abuelo, Justi, los milicianos dijeron que era un facha y lo subieron a un camión para darle el paseíllo. En ese momento apareció una tal Fany, una miliciana que le conocía y dijo: "Pero ¿Qué decís? Si este es de los nuestros". Gracias a la intervención de Fany, mi tío abuelo pudo contarlo, de hecho llegó a vivir más que su hermano. Yo le recuerdo de haber ido a comer a su piso hará como unos 45 años. 

Como todo llega, llegó el final de la guerra, las tropas de Franco entraron en Madrid y se acabó la pesadilla. Mi familia pudo volver a su piso de San Antonio de La Florida. Cuando llegaron el piso estaba destrozado, las paredes ennegrecidas, habían hecho fogatas dentro.

Habían robado muchas cosas, los espejos con marco de bronce dorado los encontraron en la pescadería de la tía Chencha, que tenía dos hijos milicianos del Frente Popular. Habían entrado en casa y habían arramplado con lo que habían podido.

Recuerdo haber oído también el relato de que uno de los hijos de la pescadera entró en la iglesia de San Antonio y con el fusil disparó dos veces a la estatua del santo alcanzándole en el cuello. Fenómeno sobrenatural o no lo cierto es que el hijo de la tía Chencha murió en el frente de Somosierra con dos tiros en el cuello, en el mismo lugar en el que le había dado al santo. 

Tras la guerra llegó la paz, pero siguió el hambre, por eso mi padre decía siempre: "La Posguerra fue peor que la guerra". Siguieron pasando hambre durante años, tanta, que mi tía Conchita, que tenía 14 años cogió la tuberculosis, cosa natural, no tenía que llevarse a la boca. Le pilló en una mala edad, cuando estás dando "el estirón"

¿Cómo sale adelante una madre que tiene que enterrar a su hija?

¿Qué impronta queda en el corazón de un niño que tiene que ver morir a su hermana? ¿Puede un niño de 11 años entender que su hermana se ha ido para siempre y que nunca volverá? ¿Qué siente cuando regresa a casa del colegio y mira a la cara de su madre?

Esto es sólo la historia de una familia que pasó nuestra guerra civil, pero ¿Cuántos millones de historias como esta y peores que esta existen? ¿Cómo consiguieron empezar de nuevo? ¿De donde sacaron la motivación y las fuerzas para salir adelante? ¿Cómo fueron capaces de reconstruir sus vidas y de reconstruir el país? ¿Cómo fueron capaces de mantener la fé en esos años terribles?

Me refiero tanto a los años de la guerra como a los de la posguerra. Las cartillas de racionamiento no desaparecen en España hasta 1952. Una generación heroica, con enormes dosis de resiliencia, perseverancia, de fe en si mismos y en su capacidad. Esa generación que ha levantado España y para la que ahora no hay recursos en los hospitales para salvar sus vidas.